UN ESTUDIO DEL INTA ANALIZÓ MÁS DE 120 AÑOS DE LLUVIAS Y EL RIESGO CLIMÁTICO EN BOLÍVAR

Un trabajo realizado por los ingenieros agrónomos Carolina Estelrrich y Gonzalo Pérez, de la Agencia Bolívar del INTA, analizó el comportamiento histórico de las precipitaciones en el partido durante el período 1901-2025 y advirtió sobre la creciente importancia de considerar la variabilidad climática al momento de planificar los sistemas productivos. El estudio, motivado por los períodos recientes de sequía y excesos hídricos, concluye que en Bolívar se alternan situaciones extremas de disponibilidad de agua y que los valores promedio históricos resultan insuficientes para anticipar las condiciones de cada campaña.

El análisis toma como base los registros de precipitaciones de la delegación Bolívar del Servicio Meteorológico Nacional y establece que el promedio anual durante los 125 años estudiados fue de 908 milímetros. Sin embargo, la amplitud entre años extremos evidencia la variabilidad: el máximo registrado fue de 1.630 milímetros en 2012, mientras que el mínimo alcanzó apenas 501 milímetros en 2013. Los investigadores también identificaron diferentes períodos húmedos y secos a lo largo de la serie histórica y remarcaron que, desde 2012, se observan mayores amplitudes entre precipitaciones mínimas y máximas, aun cuando los promedios por década puedan ubicarse cerca del valor histórico.

La distribución de las lluvias también presenta diferencias marcadas según la época del año. Enero, febrero, marzo y abril son los meses con mayores precipitaciones medias, con 94, 96, 122 y 90 milímetros respectivamente, mientras que durante junio, julio y agosto los registros descienden a 37, 33 y 36 milímetros. La primavera vuelve a mostrar valores superiores, especialmente entre octubre y diciembre. Los eventos extremos de lluvias, de entre 180 y 440 milímetros, se concentran principalmente durante enero, febrero y marzo, mientras que durante el invierno son prácticamente inexistentes.

A partir de estos datos, el trabajo también evaluó la relación entre las precipitaciones históricas y las necesidades hídricas de los principales cultivos de la zona. Para el trigo, cuyo período crítico se ubica entre octubre y noviembre, las lluvias presentan una probabilidad relativamente alta de contribuir al abastecimiento de agua, a lo que puede sumarse la humedad acumulada en el suelo durante el invierno y el aporte de la napa. En cambio, para el maíz temprano y tardío y la soja, la probabilidad de que las precipitaciones cubran por sí solas las demandas hídricas durante sus períodos críticos se ubica aproximadamente entre el 20% y el 30%. El girasol presenta una situación algo más favorable, con probabilidades de entre 30% y 40%, además de contar con mayor capacidad para explorar el perfil del suelo.

Los ingenieros del INTA advierten que las características del territorio también condicionan el impacto de los excesos hídricos. Bolívar forma parte de la subregión Pampa Arenosa y presenta un relieve predominantemente llano, con pendientes regionales inferiores al 0,1%, por lo que el escurrimiento natural de los excedentes es dificultoso. A nivel de lote existen diferencias de altimetría entre lomas y bajos que pueden favorecer la acumulación de agua y generar anegamientos. En este contexto, la presencia de la napa freática puede convertirse tanto en una fuente importante de agua para los cultivos como en un factor de anegamiento, inundación o salinidad, dependiendo de las condiciones del suelo, el relieve y el manejo.

Como conclusión, el estudio plantea que la planificación agropecuaria en Bolívar debe incorporar el riesgo climático junto con variables como los suelos, la productividad y los resultados económicos. Frente a la alternancia entre sequías y excesos de agua, los autores consideran que la diversificación de los sistemas productivos puede contribuir a reducir riesgos y aportar mayor estabilidad. En agricultura, destacan las posibilidades de los cultivos de invierno y el girasol, además de herramientas como el manejo sitio-específico, mientras que la incorporación de ganadería de cría y recría pastoril también aparece como una alternativa para diversificar y fortalecer la estabilidad de los sistemas.

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