OTRA SEMANA EN LA OFICINA
(Photo by Thomas COEX / AFP)
Cuánto se habla en nuestro país sobre “equipos coperos”, claro que principalmente se hace referencia a las copas internacionales a nivel clubes, pero la base del argumento sería la misma: el equipo copero es aquel que no se entrega nunca, que tiene una mística que lo lleva a avanzar etapa tras etapa sin importar demasiado la manera en la que lo hace. Argentina, esta selección, es un equipo copero.
Si bien es cierto que, hasta acá, el camino de La Scaloneta ha sido el que hubiéramos pedido casi todos (Argelia – Austria – Jordania – Cabo Verde – Egipto – Suiza), los partidos se deben ganar en la cancha y en la cancha más de una vez las disparidades de jerarquía se suelen nivelar. Ahí es donde se debe sacar el plus, ese que Argentina sacó anoche para vencer a Suiza antes de ir a los penales.
El de anoche fue, sin dudas, el partido menos trascendente de Messi en esta Copa del Mundo y eso, con la victoria consumada, no deja de ser una gran noticia. Porque hasta acá siempre nos había salvado el equipo, pero de la mano del 10, líder irrefutable de estos tiempos. Anoche la cosa fue distinta.
Es insoslayable que la expulsión de Embolo (correcta, según las reglas actuales) le abrió el partido a Argentina. El propio Scaloni, en la conferencia de prensa, reconoció que hasta ahí Suiza le estaba poniendo las cosas bien difíciles al vigente campeón del mundo. Pero Argentina supo cómo encaminar el partido y utilizar a favor esa ventaja numérica, que indefectiblemente iba a convertir a los europeos en todavía más férreos defensores, con el 4-4-1 o 5-3-1 con el que se fue plantando.
Ahí el cuerpo técnico argentino hizo los cambios de manera perfecta, porque los que entraron fueron de gran aporte para ganar el partido. Almada fue revulsivo y apareció en espejo con Messi, cada uno encarando desde el costado hacia el centro buscando espacios ante una defensa tan multitudinaria como la hinchada argentina en tierras yanquis. El Flaco López resultó clave en el gol de Julián, moviendo de posición a tres defensores suizos y liberándole el lugar a “La Araña”, que clavó el golazo de su vida. Otamendi entró a comerse la cancha y ganó de cabeza todas las pelotas que Suiza, ya perdiendo, intentó meter sobre el área albiceleste. Y Lautaro volvió a mostrar que es un goleador de raza y selló el partido con una definición tan certera como liberadora.
Por si todo eso fuera poco, antes, el Dibu volvió a ser él y sacó un par de pelotas de gol como casi no había ocurrido en los cinco partidos anteriores. Un ítem fundamental pensando en lo que viene, que él, un tipo tan “anímico”, por definirlo de algún modo, haya tomado esas dosis de confianza y protagonismo.
El cierre, los festejos con la gente, el revoleo de camisetas, fue otra muestra de la simbiosis que hay entre los hinchas que juegan y los que alientan. Incluso acá, en Bolívar, a 8942 kilómetros del estadio de Kansas, el Centro Cívico se volvió a poblar de hinchas que celebraron el pasaje a semis.
Por virtudes que van más allá de lo futbolístico, la Selección se ganó una semana más, definitivamente la última, en la Copa del Mundo, un torneo que parece hecho a medida de este equipo, que está acostumbradísimo a los grandes desafíos.
El miércoles vendrá Inglaterra y habrá en juego algo más que el pasaje a la final. Porque, aunque Scaloni diga que es sólo un partido de fútbol, todos sabemos que no será así. Por Malvinas, por Diego, por “la Mano de Dios”, por el “barrilete cósmico”… y por Messi, que nunca enfrentó al seleccionado inglés, y que sería espectacular verlo anotar un gol, celebrando con el puño al cielo como el otro gran 10 de la historia nuestra.