“CUANDO UNA SOCIEDAD DEJA DE CUIDAR A QUIENES ENSEÑAN, EL PROBLEMA ES DE TODOS”
Una publicación realizada por la docente Débora Albano, ex directora de Educación municipal y ex responsable del CRUB, generó repercusiones y debate en redes sociales al advertir sobre las dificultades que atraviesa la profesión docente y plantear interrogantes acerca del futuro del sistema educativo ante la disminución de aspirantes a la carrera.
En un extenso texto titulado “Cuando ya nadie quiera enseñar…”, Albano sostuvo que ya existen señales preocupantes, como materias que no logran cubrirse, profesorados con menos inscriptos, docentes que abandonan cargos y jubilados que regresan a la actividad ante la falta de reemplazos. Según planteó, la discusión pública suele enfocarse en las consecuencias de este fenómeno y no en sus causas.
La educadora también cuestionó el crecimiento de las exigencias burocráticas que, a su entender, consumen tiempo y energía que deberían destinarse a la tarea pedagógica. Además, señaló una pérdida progresiva del prestigio de la profesión, una disminución del respaldo institucional y un incremento de situaciones de agresión verbal, psicológica e incluso física hacia los docentes, lo que genera una sensación de desprotección en quienes trabajan en las aulas.
Albano consideró que el problema excede la cuestión salarial y alcanza aspectos vinculados al reconocimiento social, el acompañamiento y las condiciones de trabajo. En el cierre de su reflexión, advirtió que la verdadera preocupación no debería ser cómo cubrir las vacantes actuales, sino quiénes estarán dispuestos a ocuparlas en el futuro, y sostuvo que cuando una sociedad deja de cuidar a quienes enseñan, las consecuencias terminan afectando a toda la comunidad.
EL TEXTO COMPLETO
CUANDO YA NADIE QUIERA ENSEÑAR…
Hay una pregunta que la dirigencia política, los sindicatos, las autoridades educativas y también las familias parecen empeñados en evitar: ¿qué ocurrirá cuando ya no haya suficientes docentes para sostener el sistema educativo?
Los indicios ya están ahí: materias que no logran cubrirse, profesorados con menos inscriptos, docentes que abandonan cargos y jubilados que vuelven porque no hay quién los reemplace.
Sin embargo, el debate sigue concentrado en las consecuencias y no en las causas.
Durante años la educación fue utilizada como bandera por todos. Los gobiernos prometieron transformaciones que rara vez llegaron al aula. En la provincia de Buenos Aires, los sindicatos dejaron de ser una voz incómoda para el poder y pasaron a ser, para muchos docentes, custodios políticos de la gestión. Las burocracias crecieron. La autoridad docente se debilitó. El prestigio de la profesión se erosionó.
Y a esa pérdida de prestigio se sumó otra carga, más silenciosa pero igual de corrosiva: la burocracia cotidiana. Planillas que completar, papeles que presentar, informes que repetir, plataformas que se caen, cargas bimestrales, registros, certificaciones, trámites que consumen horas y energía que deberían estar puestas en enseñar. No es que ese papeleo burocrático les quite tiempo a los alumnos; les quita tiempo a las familias de los docentes, a su ocio y a su esparcimiento. Son horas extras que nadie valora, que nadie paga. Cada nueva exigencia administrativa parece pensada para controlar al docente más que para acompañarlo.
Y hay algo aún más grave. Cada vez son más frecuentes las situaciones de agresión verbal, psicológica e incluso física contra docentes. Insultos, amenazas, hostigamientos, grabaciones sin consentimiento, denuncias utilizadas como mecanismo de presión y una creciente sensación de desprotección. Lo que en cualquier otro ámbito sería considerado inadmisible, en la escuela muchas veces termina naturalizándose. Es difícil atraer nuevos docentes cuando quienes ya están en las aulas sienten que deben enseñar, contener y educar, pero también defenderse.
Y mientras tanto, cada vez menos jóvenes están dispuestos a elegir una profesión que exige tanto, reconoce tan poco y protege cada vez menos.
No es sólo una cuestión salarial. Es también una cuestión de reconocimiento, de respaldo y de sentido.
Se exige más que nunca a los docentes, pero se los respalda menos que nunca.
La pregunta ya no es cómo cubrir las vacantes de hoy.
La pregunta es otra:
¿Quién va a querer ocuparlas mañana?
Porque cuando una sociedad deja de cuidar a quienes enseñan, el problema ya no es de los docentes.
Es de todos.