EDITORIAL DE “TODO ESTO QUE PASA”: OJALÁ QUE LA GRIETA NO LLEGUE AL FINAL
Siempre me pregunto: ¿hasta dónde somos capaces de aferrarnos a algo o a alguien para no reconocer que idealizamos o que, simplemente, elegimos algo incorrecto, nos equivocamos? Aplica para todas las cuestiones de la vida, principalmente cuando proyectamos en otras personas deseos, gustos, ideas, principios, valores, puntos de vista que en realidad nos son propios.
No voy a decir a quién voté la primera vez que voté para presidente. Quizás hoy cambiaron las cosas y los jóvenes se involucran más en la política o les llega más información porque la información hoy es mucho más accesible. Pero hace unos cuantos años, cuando voté por primera vez, casi seguro que un pibe de 18 o 19 años sabía poco y nada de política y de proyectos de país. Recuerdo, con un poco de vergüenza, la cantidad de argumentos que esgrimí con tal de justificar mi decisión. La mayoría de esos argumentos, por supuesto, eran heredados, eran por boca de otros, tocando de oído. Pero todo era por no reconocer el error.
A medida que pasa el tiempo, esa cuestión seguramente me sigue pasando, sigo justificando decisiones, aunque las reconozca equivocadas. Pero también veo que no me pasa a mí solo.
Desde hace años me dedico a contemplar cómo personas (muchas de ellas a mi entender muy inteligentes) se fanatizan con figuras políticas. Es probable que, priorizando los ideales que dicen representar, se le perdonen errores y miserias propias de los seres humanos, eso lo sé, pero hasta dónde hay que ponerse las camisetas de otras personas. Ustedes me dirán: los partidos políticos no existen si no hay personas que los representen. Es cierto. Pero ¿por eso se justifica el fanatismo?
Veía a lo largo de la semana las noticias nacionales.
Milei, hasta las manos con la causa $Libra, era uno de los títulos. Adorni, complicado con los viajes, con la mansión y con su vida de new rich, como tituló la revista Noticias, y, por supuesto, hablando de que son todas fakes news armadas por el kirchnerismo, a quienes los libertarios señalan como la causa de todos los males, pero a su vez lo necesitan para seguir viviendo.
En la vereda de enfrente, Cristina Fernández de Kirchner declarando por la causa Vialidad y asegurando que ella podrá morir presa, pero que esto se va a terminar, en alusión a una justicia que parece que sólo es justa cuando falla como el acusado quiere.
Macri, mientras tanto, parece que vio una ventana abierta y empezó a envalentonarse con 2027… “no de nuevo, decía”, perdón, me acordé de la vieja publicidad de Sprayette.
Todos ellos tienen sus fans. Tipos de a pie (cada vez más de a pie, con lo que vale el combustible), que nunca en su vida tendrán ni el 1% de los bienes muebles, inmuebles, de consumo, de capital, materiales o inmateriales, de los que gozan estos líderes. Sin embargo, los idolatran, los idealizan, los defienden y los sostienen.
¿Hasta cuándo iremos a naturalizar o, como mínimo, a soslayar las miserias de nuestros representantes por el sólo hecho de no admitir nuestros errores de elección o bajo el argumento, a mi gusto vacío, simplista y funcional, de que los otros son peores. Argumento, principalmente, funcional: porque siempre intentamos a elegir al menos peor, pero siempre elegimos entre los mismos.
Sin embargo, eso no es lo más triste. Lo más triste es que esa defensa de los líderes (que buenamente podría traducirse en defensa del “proyecto de país que queremos”) lo que más genera es el enfrentamiento entre los de a pie.
Basta con ver las redes sociales (impunes y, en muchos casos, cobardes y apócrifas) para entender la magnitud de la violencia social con la que vivimos. La gran mayoría de las veces es provocada por la política, incluso superando al fútbol, acaso el elemento más pasional que solíamos tener.
La grieta no sólo no se cerró, sino que sigue espléndida, cada vez más instalada en nuestra cotidianeidad. Hace unos días un político local a quien respeto muchísimo me dejo una declaración que primero me pareció atinada y después me pareció terrible. Me dijo “que la grieta sea entre lo que funciona y lo que no funciona”.
Primero pensé: está bueno, que la grieta no provenga de los fanatismos hacia las personas o hacia las ideas que expresan, sino de las acciones realizadas. Pero después seguí pensando y concluí en que no puede ser que sigamos naturalizando la grieta, que aunque la vistamos de otra cosa, seguirá representando divisiones. Y claramente, en cualquier circunstancia de la vida, divididos siempre es más difícil.
Ojalá alguna vez la cosa cambie, aunque quizás no viva para verlo. Ojalá alguna vez la grieta empiece a cerrar, en lugar de mutar a otro tipo de grieta.
Por lo pronto, mientras la grieta no se termine de abrir, habrá un lugar en el que podamos pisar todos juntos, sin estar de un lado o del otro. Ojalá que la grieta no llegue al final.